Esta página es un resumen de un largo trabajo documental y antropológico dedicado a la diversidad de las sociedades humanas y a sus múltiples manifestaciones culturales, sociales y económicas. La propuesta es abrir la mirada -y el corazón- al mundo más allá de nuestra realidad cotidiana y combatir la homogeneización y el individualismo extremo del capitalismo moderno. Documento la existencia de otros mundos posibles y otras maneras de hacer no solo válidas, si no quizás mejores, posibles, y menos destructivas para el planeta que cohabitamos. Me guían las preguntas, siempre abiertas, a lo desconocido.
¿Cómo se organiza el mundo? ¿Quiénes lo habitamos y cómo? ¿Hay una sola forma de vivir? ¿Qué otras formas que no son “la nuestra” existen, ahora, en este siglo, funcionando y sosteniendo la vida? ¿O estamos condenados a una globalización galopante que se llevará todo puesto por encima, creyendose la mejor y la única forma de existir en esta Tierra?¿Qué hacemos con las mudanzas del paisaje, con la privatización, con los recuerdos tangibles que desaparecen bajo la construcción constante? ¿De qué manera resistimos, a veces, a la homogenización violenta de nuestras realidades?
Recorrí diferentes territorios, países y continentes, siempre despacio -no con la prisa de quien va dos días a cubrir una noticia o a hacer turismo superficial y vuelve- si no con un cuestionamiento más profundo sobre cómo se vive en distintas regiones y quiénes conforman las sociedades complejas de las que somos parte, entendiendo y abrazando las contradicciones. Confío mucho en la gente. Siempre confíe. Por algún motivo nunca le tuve miedo al Otro, y creo firmemente que el encuentro con otras culturas nos enriquece, en vez de dañarnos, como nos hemos empecinado en creer. A partir de esa premisa es que observo con paciencia, pregunto y tomo nota, porque estoy convencida de que lo que nos falta es escuchar, más que decir. Cambiar la mirada, más que imponerla. Aprender a compartir. Dialogar desde otro lugar, saber salir de nosotros mismos. Me atrevo a pensar que el mundo puede ser y verse diferente, pero para eso debemos permitirnos una necesaria deconstrucción de la mirada occidental, capitalista y colonial.
Esta perpectiva aborda formas de organización social colectivas y alternativas al modelo hegemónico de diferente tamaño e historia. Me enfoco sobre todo en comunidades con lógicas no capitalistas o cuya cohesión interna viene de lazos ancestrales. La misma ciudad puede albergar submundos contradictorios que jamás se tocan, que no se cruzan, que no dialogan, a veces ni se perciben, como es el caso de las comunidades indígenas y quilombolas del Amazonas. Un mismo país puede tener un proyecto económico de la desigualdad y, a la par, revoluciones internas en territorios autónomos, con economías solidarias y compartidas autogobernadas, como el zapatismo rebelde. Una ciudad gigante y modernizada, que avanza cada vez más rápido hacia la pulcra y monstruosa arquitectura contemporánea, puede todavía contener barrios antiguos de siglos atrás, los hutongs, donde sus habitantes continúan compartiendo el baño público, caminando por las calles en pantuflas y viviendo en casas bajas con patios internos. Una isla en América Latina puede resistir muchos años construyendo desde una revolución y asemejarse sin saberlo a otra isla que se sostiene en la autosuficiencia y el decrecimiento en el Egeo. Un edificio de 12 pisos se puede convertir en sí mismo en una ciudad cuando la pandemia nos obliga a hacer cuarentena y sólo convivimos día a día con los vecinos que cruzamos en el ascensor, o una ciudad playera brasilera convertirse en tierra silenciosa y solitaria. Y en países del Norte como España, la crisis de la vivienda y la precarización pueden convocar a ciertos círculos a cuestionarse el modelo de familia nuclear tradicional y proponerse nuevas formas de organización de los cuidados como el poliamor.
Cada uno de estos trabajos refleja un espacio habitado, de una manera particular, en un contexto concreto, en alguna parte aleatoria del mundo. Los busco, los percibo con el ojo, los retrato. Mis lenguajes principales son la fotografía, la escritura y el audiovisual documental. También enseño y coordino espacios colectivos de creación. De todas maneras, mi mejor aliada es siempre la crónica.
¿Cómo se organiza el mundo? ¿Quiénes lo habitamos y cómo? ¿Hay una sola forma de vivir? ¿Qué otras formas que no son “la nuestra” existen, ahora, en este siglo, funcionando y sosteniendo la vida? ¿O estamos condenados a una globalización galopante que se llevará todo puesto por encima, creyendose la mejor y la única forma de existir en esta Tierra?¿Qué hacemos con las mudanzas del paisaje, con la privatización, con los recuerdos tangibles que desaparecen bajo la construcción constante? ¿De qué manera resistimos, a veces, a la homogenización violenta de nuestras realidades?
Recorrí diferentes territorios, países y continentes, siempre despacio -no con la prisa de quien va dos días a cubrir una noticia o a hacer turismo superficial y vuelve- si no con un cuestionamiento más profundo sobre cómo se vive en distintas regiones y quiénes conforman las sociedades complejas de las que somos parte, entendiendo y abrazando las contradicciones. Confío mucho en la gente. Siempre confíe. Por algún motivo nunca le tuve miedo al Otro, y creo firmemente que el encuentro con otras culturas nos enriquece, en vez de dañarnos, como nos hemos empecinado en creer. A partir de esa premisa es que observo con paciencia, pregunto y tomo nota, porque estoy convencida de que lo que nos falta es escuchar, más que decir. Cambiar la mirada, más que imponerla. Aprender a compartir. Dialogar desde otro lugar, saber salir de nosotros mismos. Me atrevo a pensar que el mundo puede ser y verse diferente, pero para eso debemos permitirnos una necesaria deconstrucción de la mirada occidental, capitalista y colonial.
Esta perpectiva aborda formas de organización social colectivas y alternativas al modelo hegemónico de diferente tamaño e historia. Me enfoco sobre todo en comunidades con lógicas no capitalistas o cuya cohesión interna viene de lazos ancestrales. La misma ciudad puede albergar submundos contradictorios que jamás se tocan, que no se cruzan, que no dialogan, a veces ni se perciben, como es el caso de las comunidades indígenas y quilombolas del Amazonas. Un mismo país puede tener un proyecto económico de la desigualdad y, a la par, revoluciones internas en territorios autónomos, con economías solidarias y compartidas autogobernadas, como el zapatismo rebelde. Una ciudad gigante y modernizada, que avanza cada vez más rápido hacia la pulcra y monstruosa arquitectura contemporánea, puede todavía contener barrios antiguos de siglos atrás, los hutongs, donde sus habitantes continúan compartiendo el baño público, caminando por las calles en pantuflas y viviendo en casas bajas con patios internos. Una isla en América Latina puede resistir muchos años construyendo desde una revolución y asemejarse sin saberlo a otra isla que se sostiene en la autosuficiencia y el decrecimiento en el Egeo. Un edificio de 12 pisos se puede convertir en sí mismo en una ciudad cuando la pandemia nos obliga a hacer cuarentena y sólo convivimos día a día con los vecinos que cruzamos en el ascensor, o una ciudad playera brasilera convertirse en tierra silenciosa y solitaria. Y en países del Norte como España, la crisis de la vivienda y la precarización pueden convocar a ciertos círculos a cuestionarse el modelo de familia nuclear tradicional y proponerse nuevas formas de organización de los cuidados como el poliamor.
Cada uno de estos trabajos refleja un espacio habitado, de una manera particular, en un contexto concreto, en alguna parte aleatoria del mundo. Los busco, los percibo con el ojo, los retrato. Mis lenguajes principales son la fotografía, la escritura y el audiovisual documental. También enseño y coordino espacios colectivos de creación. De todas maneras, mi mejor aliada es siempre la crónica.