Festejos de un triunfo en la crisis
Buenos Aires, Argentina, 18 de diciembre de 2022




























Yo creía que no me importaba tanto. Creía que podía ser inmune; que una aprendía a bajar el orgullo de a poco y listo, se neutralizaba; que la nación era solo un mito fundacional.
Y acá estoy. Volví a casa justo para ver el final del sueño, los tres últimos partidos que nos coronaron campeones. Fui al obelisco a festejar el domingo y vi a mi propio país con otros ojos. VivíMOS lo que nunca imaginAMOS que íbaMOS a vivir. FuiMOs feliz como no recuerdo haber sido. Y salté y festejé y canté, por primera vez sin dudarlo un segundo, como parte de un enorme colectivo. Me palpita el corazón más fuerte. Me infla el pecho saber que vengo de acá, del culo del mundo, y que seremos muchas cosas odiosas y tendremos muchas cosas que aprender pero somos también esta fiesta manija y emocionante que no para, que nos muestra en nuestra faceta más humana y atolondrada, en nuestro deseo de ser y estar mejor, porque lo merecemos, porque somos campeones del mundo en nuestro deporte más popular, el que se juega en todas las clases sociales y todas las provincias, el que se ve en todas las casas y todos los bares, el que - aunque parezca que no - nos iguala, que nos dice que somos capaces de mucho cuando estamos todos así, en grupos y en la calle, movilizados por una causa común, caminando para un mismo lado.
Yo no sé. Viví el suficiente tiempo en Europa para darme cuenta de que esto, lo que tenemos acá, en el Sur del mundo, en este continente parchado y vuelto a parchar, en este país en constante crisis (y en constante empuje), en permanente reconstrucción, allá no existe. Esta solidaridad, está conexión colectiva, esta fuerza gigante, esta posibilidad de sorprendernos, esta facilidad para abrazarnos con desconocidos, esta confianza ciega en la ilusión y la alegría, este darnos una mano aunque no haya recursos. Todo esto no lo puede comprar ni el dólar, ni la union europea, ni el FMI. Todo esto que se llama PUEBLO, y que se mueve junto, a veces convulsionado, como hace 21 años enfrente al mismo obelisco; a veces con alegría, como estos últimos 4 días, como este 18 de diciembre, el día que me hizo darme cuenta que a algún lado (¡y qué lado!) sí pertenezco.
Y acá estoy. Volví a casa justo para ver el final del sueño, los tres últimos partidos que nos coronaron campeones. Fui al obelisco a festejar el domingo y vi a mi propio país con otros ojos. VivíMOS lo que nunca imaginAMOS que íbaMOS a vivir. FuiMOs feliz como no recuerdo haber sido. Y salté y festejé y canté, por primera vez sin dudarlo un segundo, como parte de un enorme colectivo. Me palpita el corazón más fuerte. Me infla el pecho saber que vengo de acá, del culo del mundo, y que seremos muchas cosas odiosas y tendremos muchas cosas que aprender pero somos también esta fiesta manija y emocionante que no para, que nos muestra en nuestra faceta más humana y atolondrada, en nuestro deseo de ser y estar mejor, porque lo merecemos, porque somos campeones del mundo en nuestro deporte más popular, el que se juega en todas las clases sociales y todas las provincias, el que se ve en todas las casas y todos los bares, el que - aunque parezca que no - nos iguala, que nos dice que somos capaces de mucho cuando estamos todos así, en grupos y en la calle, movilizados por una causa común, caminando para un mismo lado.
Yo no sé. Viví el suficiente tiempo en Europa para darme cuenta de que esto, lo que tenemos acá, en el Sur del mundo, en este continente parchado y vuelto a parchar, en este país en constante crisis (y en constante empuje), en permanente reconstrucción, allá no existe. Esta solidaridad, está conexión colectiva, esta fuerza gigante, esta posibilidad de sorprendernos, esta facilidad para abrazarnos con desconocidos, esta confianza ciega en la ilusión y la alegría, este darnos una mano aunque no haya recursos. Todo esto no lo puede comprar ni el dólar, ni la union europea, ni el FMI. Todo esto que se llama PUEBLO, y que se mueve junto, a veces convulsionado, como hace 21 años enfrente al mismo obelisco; a veces con alegría, como estos últimos 4 días, como este 18 de diciembre, el día que me hizo darme cuenta que a algún lado (¡y qué lado!) sí pertenezco.